viernes, 26 de marzo de 2010

Esta ha sido mi vida


En estos momentos me gustaría poder hablar con vosotros sin tener que recurrir al anonimato para protegerme. La situación político-social me impide hablaros con más libertad, pero no me impide abrir mi corazón y compartir con vosotros esta historia de sufrimiento por el oscurecimiento y debilidad de mi identidad masculina, y de alegría por haberla recuperado a través de un proceso de autoayuda y sanación. Muchos de vosotros habréis pasado por esta situación, por eso os animo a que leáis mi testimonio y a que recuperéis la esperanza de ser lo que siempre habéis sido desde el nacimiento: un varón o una mujer con todas sus consecuencias. Lo que voy a explicar es un retazo de mi vida, tal como la he sentido y experimentado.

Soy muy consciente de que, si de adolescente hubiera tenido la ayuda oportuna (de mis padres, educadores, amigos, profesionales) me hubiera evitado una historia de sufrimiento y degradación y hubiera salido adelante en poco tiempo y con facilidad. Por desgracia no fue mi caso, y veo que a pesar de eso soy un afortunado, pues la mayoría de las personas con tendencia homosexual, sin esta ayuda están condenados a vivir una vida con un estilo insano que no respeta a la persona.

Para comenzar, la primera vez que tuve conciencia de mi homosexualidad fue pasados unos años después de haber comenzado a realizar prácticas homosexuales.

Ya en la escuela primaria, me recuerdo como un niño que no acababa de sentirse integrado en el mundo de los niños varones, mientras que lograba mucha empatía con las niñas. Los primeros me representaban un mundo que yo miraba desde fuera, como un extraño, mientras que con las niñas me sentía en mi salsa. He de aclarar que nunca he sido afeminado, por lo que tampoco sufrí exclusiones por parte de nadie. Pero en los primeros años de mi vida me faltó el impulso externo que me sacara del mundo femenino y me introdujera en el masculino. Mi padre, enfermo y de carácter reservado, no fue un modelo que yo aceptara como digno de imitar, ni me apoyaba en mis proyectos o en mi día a día.

Es decir, yo mismo percibía esa diferencia: no era como los demás chicos. Por ello, suplí esta carencia con buenos rendimientos escolares, con simpatía e ingenio, y acabé convirtiéndome en un “niño bueno” que tampoco sabía controlar su rabia: o nunca me enfadaba o explotaba.

Ya con 12 ó 13 años me sentía atraído por otros chicos, pero no de una manera carnal, sino que fantaseaba con cómo sería una amistad con este o ese chico concretos. Para mí, no eran personas reales, accesibles, sino seres alcanzables solo en mi fantasía. Con mi entrada en la pubertad y el despertar de mi sexualidad comencé a acompañar estos pensamientos gratificantes pero nacidos de mi desorientación en el mundo masculino, con estímulos sexuales. De esta manera acabé fijando mi sexualidad en torno a la idea del acercamiento a un hombre (inalcanzable).

El primer contacto físico con un hombre lo tuve con un desconocido al cumplir los 18 años. Fue una manera de saciar ese anhelo de proximidad masculina que había ido creciendo en mi interior en los últimos años. Mi intención era solo sentirlo, verlo de cerca, admirarlo, como un crío admira un juguete deseado que le dejan por fin tocar. Todavía recuerdo esa sensación de querer vampirizar su masculinidad, de ser como él, de ser aceptado por él porque viera en mí a un hombre como él. Pero en el submundo gay no hay nada gratis, y el precio a pagar era el sexo (esto también me lo confesaron décadas más tarde hombres hechos y derechos).

Esto que explico ahora, en aquellos tiempos, evidentemente, no lo veía.

Pensando que este episodio (y otros que le siguieron) sería un caso aislado, tuve novias con las que había mucha empatía, pero que no me atraían a nivel sexual. Nunca me acosté con ninguna. De esta manera, llevaba dos vidas: una donde honradamente intentaba llevar una relación seria, y otra, en la que intentaba curar mis heridas afectivas, de identificación, a través del contacto con hombres. Y en cada encuentro, ya fuera por encontrarme con hombres más experimentados que yo, ya fuera por mi curiosidad, iba un paso más allá en las experiencias que adquiría.

Así que decidí ser mínimamente coherente, no herir a mi novia de entonces, y cortamos. Al principio intenté compaginar mis creencias religiosas con mi situación, y hasta estuve en asociaciones gay que se autodenominaban cristianas. Duré poco: a la queja continua contra la sociedad por supuestas discriminaciones y homofobias hacia el sector gay, se unía la rebelión contra la Iglesia. De allí salía una mezcla de “qué malos que son con nosotros y qué buenos que somos todos y cómo nos queremos” que me hizo salir por piernas. Del odio a la Iglesia se pasaba automáticamente a una desfiguración de Dios, que acababa siendo un ser a nuestra medida. Esto tiene que ver con Dios como Padre, de lo que hablaré más adelante.

Yo estuve unos 15 años solo yendo a misa por costumbre, alejado de los sacramentos. Creo que lo que hizo que no cortara radicalmente fue mi profunda admiración por la Madre Teresa de Calcuta y por Juan Pablo II (aunque para los gays fuera este el enemigo número uno, yo veía en ambos una coherencia en palabras y obras que me producían un gran respeto).

Pero como quien no actúa como piensa acaba pensando como actúa, me fui metiendo más y más en el mundo gay. Al principio, en saunas –por la anonimidad-; más tarde pasé por bares, parques, baños de grandes almacenes, discotecas, cuartos oscuros, etc. Se me iba pasando la vergüenza, iba oyendo de más cosas y se me abrían campos de experimentación. Nunca estaba satisfecho: con la experiencia y la edad, siempre iba un paso más allá.

Era un círculo vicioso: necesitaba más: identificarme con un hombre, conocer al hombre de mis sueños, a la vez que esa relación nunca podría existir porque es un pensamiento absolutamente neurótico: no podía buscar fuera de mí lo que estaba dentro de mí: mi masculinidad. Nunca nadie jamás me iba a poder saciar.

Hasta los veintipocos era alguien ingenuo que era recibido con ternura, y los chicos que conocía hablaban conmigo; más tarde, con más experiencia sexual, se iba al grano: la gente quería sexo. De los 30 a casi los 40 uno se siente joven pero ya no es un chaval, y algunos buscaban en mí y yo en ellos una pareja. A partir de los 35-40 era ya transparente (demasiado viejo), y solo conocía gente muy herida que era, como yo, incapaz de relacionarse con normalidad, y confundíamos el entenderse bien con el estar enamorados, o bien estaban dispuestos a pagar cualquier precio por alejar de sí la idea de estar o llegar a quedarse solos.

La imposibilidad de encontrar al “hombre de mis sueños” hizo que me dedicara a, simplemente, pasármelo bien.

En mucho de este tiempo no era realmente consciente de la dependencia psíquica que tenía al sexo, al submundo gay en general y al hombre de turno en particular. Creía que si no era lo mío, dejaría de ir de manera natural, y que si iba, era porque quería y era lo mío. Hasta que empecé a ver que consumía horas de sueño en el chat, que salía tardísimo de casa para ir a un club en busca de sexo, que descuidaba tareas urgentes, etc.

En cuanto a mis relaciones de pareja, se alternaban dependencias emocionales del uno y rechazos por agobio a causa de la dependencia emocional del otro. Las reconciliaciones tras las peleas no eran tales, sino un mirar hacia otra parte. Nunca hubo fidelidad, ya fuera por una parte, por la otra o por las dos. Y aún así creía que el próximo sí que sería la pareja adecuada. Que se trataba solo de eso. Y no he conocido en nadie nada diferente, por muchas historias bonitas que se cuenten. Las relaciones se basan en la infidelidad (consentida o no) y en una colección inacabable de amantes. Yo mismo no sé con cuántos hombres me he acostado. Ni idea.

Evidentemente, es muy fácil dejarse llevar y no hacerse preguntas. Pero en mi caso, se me empezaron a agolpar. Y esa fue mi salvación. Y el inicio de un proceso que, aunque ha sido durísimo por haber vivido como gay durante casi 20 años, no cambiaría por nada del mundo. Me preguntaba: ¿por qué no hay sinceridad en el submundo gay? ¿Por qué una pareja no sacia? ¿Por qué la gente arriesga su salud por un polvo? ¿Por qué esa continua amargura, ese sarcasmo, esa intolerancia? ¿Por qué si charlas y te lo pasas bien ante una copa, no vuelves a ver a la persona, aunque te dé el teléfono? ¿Y por qué tampoco lo ves si tras la conversación el sexo es satisfactorio? ¿Por qué esa superficialidad y esa hipocresía? Y, sobre todo, observaba que ese no era solo mi caso: era y es el caso de todos los gays que he conocido y que conozco. De todos. No podía ser casualidad que todas esas vidas fueran una vida con pequeñas variaciones. Había algo que no me cuadraba.

Llegado a este punto quisiera aclarar que nací y vivo en dos ciudades en las que la homosexualidad es un plus. Es decir, nunca jamás me he sentido coartado, presionado, incomprendido, cuando decía que era gay. La incomprensión, el rechazo, la intolerancia han comenzado desde que ya no lo soy, desde que he empezado otro camino. Donde sí he sido discriminado ha sido en los “templos de la tolerancia”: los locales gay, el ambiente gay, donde me han insultado por viejo cuando pasé de los 35; me han llamado estrecho y reprimido por no querer hacer sexo con el primero que me lo propusiera o lo que querían que hiciera; me han insultado por medir 171 (demasiado “enano”); me insultaron por ser extranjero durante mis vacaciones; por sentir vergüenza ajena en los Días del Orgullo Gay (sic); etc.

La gente gay que me ayudó a salir del armario (a “aceptarme como gay”) –y que yo consideraba mis amigos- me volvió la espalda cuando les planteé si mi lugar no estaría dentro del armario, es decir, les hablé de mis dudas sobre mi homosexualidad y lo que yo llegué a considerar entonces como una heterosexualidad latente, reprimida o dormida de tanto ejercer de gay. La decepción fue enorme: esta gente no buscaba mi felicidad, sino tener el “club” (el gueto gay) lo más completo posible. No los he vuelto a ver.

¿Y por qué no lo dejé inmediatamente? Porque no podía. No era capaz; tenía miedo: de mi presente y de mi futuro, y ambos me paralizaban.

Mi relación con Dios estaba rota por mi parte, pero aún así (todavía no sé por qué) me metí en un grupo en una parroquia. Allí encontré gente que me escuchaba y rezaba por mí, y lo siguen haciendo. Pero yo no podía dejar la vida gay. Me era imposible. Incluso la cosa iba a más: estimulantes, sexo en grupo, ... a la vez que veía que “eso” no era lo que quería.

Mucha gente de bien no comprende el hecho homosexual, y lo desconocido les produce rechazo. Lo comprendo pero no lo comparto. Ese fue un punto de lucha importante: dar a entender a los demás que nadie tenía que darme fórmulas mágicas (las mujeres) ni desconfiar (los hombres). Lo que realmente podían hacer por mí era estar allí, conmigo, y rezar mucho por mí.

Mi padre había estado emocionalmente ausente de mi vida, y yo lo había juzgado y rechazado. Un amigo me recomendó que hablara con él y que le pidiera perdón. “¿Perdón, yo a él? ¡Si acaso debería ser al revés!” Pero no: tenía razón. Yo no tenía ningún derecho a construirme mi padre a mi medida, a exigirle que fuera diferente, como yo lo deseaba, como lo hubiera necesitado. Me costó mucho (recuerdo que me tuve que “animar” con una cerveza antes de hablar con él...), pero desde entonces y hasta ahora, nuestra relación ha evolucionado desde la indiferencia hasta que hoy sea mi padre. La persona más importante de mi vida.

El rechazo a mi padre de la tierra tuvo una consecuencia inmediata: el rechazo al Padre, a Dios-Padre. Un día, harto de todo, me metí en el primer lugar gay que pillé. No lo conocía, y resultó ser un local de sadomasoquismo. Después de ver lo que había, salí casi vomitando. Poco antes de llegar a casa, llorando y asqueado, me enfrenté por desesperación a Dios. Y fue allí, en mitad de la calle y de la noche, la primera vez en mi vida en que sentí a Dios como Padre. Fue algo que me sobrecogió.

En estas cayó en mis manos el libro de Gerard J.M. van der Aarweg Homosexualidad y esperanza (EUNSA, 2005). De este pasé al de Richard Cohen Comprender y sanar la homosexualidad (LibrosLibres, 2004), y a partir de allí descubrí dos libros de Joseph Nicolosi en inglés que acaban de publicarse en español, que también me ayudaron mucho: Quiero dejar de ser homosexual: casos reales de terapia reparativa (Encuentro, 2009) y Cómo prevenir la homosexualidad: los hijos y la confusión de género (Palabra, 2009).  

Además, descubrí una serie de recursos online al alcance de todos y empecé a trabajarlos a fondo, y me están ayudando muchísimo, cada día más: www.esposiblelaesperanza.com, www.narth.com y www.courage-latino.org/. No era ni es mi objetivo salir de la homosexualidad para entrar en una heterosexualidad herida, sino sanar como hombre en todas las facetas de mi persona: cuerpo, mente y espíritu. Y he tenido una evolución espectacular.

Al principio de este proceso contabilizaba mi avance por la reducción del número de caidas, lo que creo que, en mi caso, fue un error. Mi vida estaba tan enraizada en las prácticas homosexuales que me era muy difícil, tan difícil como que me ha costado 3 años de análisis y trabajo de mis heridas, de llorar, de gritar pidiendo ayuda, de a veces desesperarme y querer tirar la toalla. Pero este trabajo exhaustivo me ha sido imprescindible para el proceso que he tenido. Y me ha ayudado no solo a conocerme a mí, sino a conocer, comprender y amar a los demás.

¿Soy homófobo por haber seguido este camino? No: soy una de las personas que respeta más profundamente a los homosexuales, porque sé del drama que viven, tanto los que han aceptado su estado como los que no, tanto los que reconocen sus heridas como los que no las ven.

Y mientras, he seguido pensando: ¿por qué nos mienten acerca de la homosexualidad? ¿Por qué ofrecen los condones como solución para todo (y, a la vez, aumenta el porcentaje de gente que realiza prácticas de riesgo aun estando sanos)? Por el gran negocio que mueve toda la gran mentira gay. Estoy convencido de que este adoctrinamiento viene de gente que, en el fondo, da la razón a quien dice –como yo- que la homosexualidad es el resultado (uno de los tantos que podrían darse) de unas heridas afectivas. Y muchos activistas gay y políticos las conocen tan bien que juegan con ellas para utilizar a los gays, manipularlos para conseguir sus objetivos. Tratan a los gays de tontos y estos, encima, les dan las gracias.

Con todo este batiburrillo, llegó un momento en que yo ya no sabía quién era: no me sentía heterosexual, pero tampoco me identificaba con el mundo gay: me miraba al espejo y no me reconocía. Veía un hombre incapaz de controlar su vida, que se había inventado multitud de pretextos para hacerla llevadera, y otros aspectos secundarios (trabajo, éxito) tenían un espacio exagerado. Haberme identificado con un mundo tan sórdido destruyó mi autoimagen: me identifiqué con esa sordidez: yo era parte de ello. Y fue muy duro.

Me era casi imposible tener una vida social en un contexto heterosexual. Las mujeres eran para mí mi igual; los hombres, lo inalcanzable. Y mis roles no se correspondían con una relación sana: los hombres notaban mi ansia de amistad y les ahogaba; las mujeres me trataban como un hermano o confidente. Tuve que aprender a moverme en sociedad, pues me faltaba entrenamiento. Y tuve que aprender a vivir sin llenarme la cabeza de música, de cervezas con amigos, de llamadas por teléfono. Tuve que aprender a vivir conmigo mismo en silencio, a oír mi interior. Lo cual no fue fácil. A día de hoy me he liberado de dependencias afectivas y soy libre.

Empecé a hacer deporte regularmente y hoy por hoy estoy muy a gusto con mi cuerpo, no por haberme puesto “cachas” (no es el caso), sino porque he conectado y me he reconciliado con él. No me comparo con nadie. Mi cuerpo es parte de mí, y yo soy yo.

Con todo ello, me sentía como un ordenador que recibía tanta información que era incapaz de procesarla. Y fui cayendo en la autodestrucción psíquica y física (en un encuentro sexual pedí por primera y última vez en mi vida que me pegaran). Pensaba: “Dios no me quiere > Sí que me quiere, pero yo no Le correspondo > Yo no Le quiero > No me merezco Su amor.” Era un proceso lógico dentro de mi estado.

Así que hablé sobre mi sizuación con unos amigos que me han estado apoyando y sosteniendo todos estos años cuando yo no tenía más fuerzas, y uno de ellos me dijo algo que resultó profético: que fuera a un profesional especialista en terapia reparativa y que apostara mi vida a dos cartas: a Dios y a ese psicólogo.

Me entró un miedo atroz. ¡Pero no me quedaba otra! Era una lucha a vida o muerte, quizá mi última oportunidad. Lo recé y decidí hacerlo.

Un inciso: En este proceso he aprendido cuatro cosas fundamentales:
1)      Que salir de nosotros mismos, dejar atrás nuestro egoísmo, nuestro narcisismo, es algo que nos puede hacer mucho bien;
2)      Que la homosexualidad (como ya he dicho) es una de las consecuencias de heridas afectivas concretas; otra persona, con las mismas heridas, puede no sufrir consecuencias o que estas sean de otro cariz;
3)      Que las heridas afectivas no son un coto privado de nadie. Soy un privilegiado por poderlas haber visto y haber podido hacer algo con ellas, en lugar de pensar que “eso” es lo máximo que tiene preparada la vida y Dios para mí;
4)      Y que a veces necesitamos maestros y guías que nos enseñen a amar y a perdonar.

En la primera cita con el terapeuta, tras realizar un largo test, pasé a consulta. Mi objetivo no era conseguir sanar las heridas afectivas y llegar un día a casarme y formar una familia, sino ser feliz, lograr ser el patrón de mi barco, no ir a la deriva de mis impulsos y mis heridas. En este tiempo estamos trabajando mi comportamiento, mis costumbres, mi percepción de mí y del mundo. La homosexualidad no es el tema; mi castidad actual es consecuencia de lo trabajado. Estoy tomando poquísima medicación a la que estoy reaccionando muy bien, y esta es por un lado para controlar mis pensamientos obsesivos (la homosexualidad tiene un componente neurótico muy fuerte) y, por otro, para volver a acostumbrarme a dormir 8 horas, y de un tirón, cosa que no hacía desde hacía 8 años por mis horarios de trabajo. Tras solo 6 meses, veo que estoy re-descubriéndome como persona, en mis aspectos positivos y negativos. Pero ambos aspectos forman parte de mi ser: ese soy yo. Y estoy aprendiendo a quererme como Dios me quiere: como soy.

Estoy ordenando mi vida: mis amigos, mis nuevos conocidos. La importancia de muchos aspectos de mi vida ha variado. Tengo un mundo nuevo ante mis ojos. Y como resultado de todo ello estoy viviendo una castidad gozosa, positiva, afirmativa (no estoy obsesionado con el placer sexual y tengo autodominio de mi persona: ¡casi ni me lo puedo creer! Solo tengo palabras de agradecimiento a Dios y a todos los que me han acompañado y apoyado tanto tiempo!). La vida sigue su curso, con discusiones, malos y buenos rollos en el trabajo, días de sol y de mal humor, etc., pero ello no me lleva a buscarme sustitutos. El terapeuta ya me ha dicho que no es un resultado de la medicación, sino que esta posibilita que yo sea, por fin, yo.

La atracción por los hombres se ha reducido hasta casi desaparecer. Si un hombre me llama la atención, sé que es porque reconozco en él algo que, por circunstancias relacionadas con mi día, creo no tener (puede ser simpatía, aplomo, seguridad, varonilidad, etc.), y eso, ahora, me da pistas para trabajar y seguir adelante.

Todo este proceso, largo, doloroso, ha valido toda la pena, valga el doble sentido.

¿Que si he perdido 20 años de mi vida? No sé qué decir. Evidentemente, de haberlo sabido al principio, jamás hubiera elegido este camino de espinas. Pero mi historia es esta. No soy alguien cuyos méritos hayan posibilitado este proceso (¡no soy mejor que nadie!), ni un iluminado, ni alguien a quien se le vaya la cabeza. Solo doy testimonio de mi vida. Mi hoy es este. Soy el fruto de mi biografía y del amor de Dios por mí, de su Misericordia infinita.

A cualquiera que piense que exagero o que por probar no pasa nada, le recuerdo que yo también pensaba eso. Por favor, ¡que no lo haga! Es muy difícil recuperarse de las heridas de la experiencia gay.

Si yo he salido adelante, cualquiera puede hacerlo. Cualquiera que lo quiera de verdad, que busque los medios, que confíe en Dios y que se deje ayudar. Está en tu mano tu felicidad: ¡no la dejes escapar!

Pablo